Ella

Voy a dar un paseo por el bosque cercano. Escucho un ruido y veo una rama moverse. ¿Qué ha sido eso? Camino silencioso hasta  el lugar donde he visto moverse la rama y descubro en el barro la huella de un pie descalzo.

Sé que es ella. La que he buscado toda mi vida. El deseo invisible que me ha moldeado en quién soy. La que siempre he querido sin saberlo. La que me ha guiado en mis sueños y en mi vida despierto hasta este momento y este lugar. ¡Y por fin decide mostrarse!

En una actitud reverente comienzo la aventura de seguirla. Aquí se transforma en un pájaro que me mira directamente a los ojos. Ahí es un rayo de luz que se cuela entre las ramas. Allí, el musgo aplastado donde se ha sentado. Se mantiene a la distancia justa para que pueda seguirla.

Intento descifrar lo que los pájaros me dicen de ella. Intento entender qué quiere el paisaje de mí. Intento moverme con fluidez. Ella acepta mi torpeza con una sonrisa. Con paciencia y cariño me va mostrando el camino. Quiere enseñarme cómo cortejarla. Quiere enseñarme a amar.

Entonces sé que quiero ir al río. Comienzo a seguirla pendiente abajo. Aún la veo aquí y allí. Pero en mi excitación quizá presto un poco menos de atención. Cuando llego al río, ya no puedo parar. Tengo que seguir moviéndome. Sigo el rastro de un coyote. Después sigo las huellas de un ciervo. En todo momento sé que es ella mostrándome el camino.

Termino a cuatro patas, moviéndome como puedo entre ramas y pinchos. Mi movimiento entre las zarzas se convierte en una danza secreta, en un rito de iniciación. Con cada movimiento que hago para pasar por debajo de un tronco o para evitar unas espinas, mi cuerpo recuerda algo. Como si cada movimiento estuviese desbloqueando algo en mí.

Ya no me importan los pinchos. No me importa mojarme los pies. Se ha encendido un fuego dentro de mí que ya no puedo parar. Acalorado me voy quitando la ropa. No hago caso de la sed que siento. Cada vez voy más rápido, más atolondrado, menos cuidadoso, menos respetuoso. En algún momento, sin darme cuenta, ha debido cruzar la línea entre lo sagrado y lo profano. Y ya no puedo darme la vuelta. Así que sigo, pendiente arriba, dejando el río atrás pero llevando el fuego conmigo. Llego a casa sudoroso y embarrado.

Ella ha estado en esta situación muchas veces antes. Sabe que hoy ha nacido una relación eterna. Y sonríe.

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Estrella fugaz

Nunca antes he sentido nada parecido.

La primera vez que la veo está en un grupo grande de desconocidos. Tiene algo que me resulta familiar. Como si nuestras almas fuesen viejas amigas. En ese momento sólo me quedo con su nombre y con el deseo de saber más.

En mi vida ya hay suficientes ocasiones desaprovechadas. Así que, cuando al día siguiente el destino nos junta en el mismo grupo, decido hablar con ella.  Quizá un poco brusco, comienzo a decirle lo que veo en ella. Y las palabras salen de mi boca sin saber yo de dónde vienen.

Ella no dice mucho. Quizá por mi estilo directo. Quizá porque no encuentro preguntas adecuadas. De mi boca siguen brotando palabras que no han pasado por mi mente. Como si el apuntador estuviese susurrándome las palabras justo antes de decirlas. Como si ella fuese un libro que leo. Como si la conociese sin saberlo. Describo su personalidad. Describo sus aficiones. Describo su relación con otras personas y con la naturaleza. Describo sus dones.

Ella asiente. Su resistencia se convierte en asombro. Con cada cosa que digo, siento que la conozco mejor. Cuanto mejor la conozco, más me gusta. Soy capaz de ver todo lo positivo en ella: virtudes que ya ha manifestado, virtudes que aún no se han atrevido a salir a la superficie y virtudes que ella aún no sabe que posee.

Al final del día, cuando la música y el baile comienzan, elijo mi estrategia habitual de sentarme en una esquina. Es una delicia verla bailar, tan espontánea, tan natural. Verla me da una sensación de libertad, de vitalidad. Su cuerpo se convierte en música. Mi corazón baila a su ritmo.

La habitación se va vaciando. Me siento frente a ella. Floto en una nube de felicidad. En la profundidad de sus ojos sonrientes, veo su alma. Siento amor infinito. Nuestros ojos dicen lo que nuestras palabras no consigues expresar. El tiempo se detiene. El mundo desaparece. Respiro amor.

Después de una breve eternidad, el pensamiento de no volver a verla cruza mi cabeza. Y no me asusta. No hay expectativas. Estoy feliz de estar ahí, en ese momento, en el presente, con ella. El futuro no existe. Sólo ese momento. Eso es todo lo que quiero.

Nunca después he sentido nada parecido.

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Hechizos

De niños éramos capaces de crear mundos con nuestra imaginación: un palo se convertía en una espada y una caja de cartón en un barco pirata. Creábamos mundos y nos divertíamos. Cuando nos hacemos adultos, dejamos de jugar y acordamos que no hay barco pirata. Pero ¿qué pasaría si pudiese elegir mi realidad? ¿Y si eligiese las creencias que me hacen quien quiero ser?

¿Y si ya tuviese todo lo que necesito? ¿Y si ya fuese quien ansío ser? ¿Y si pudiese disolver todas mis creencias limitantes con una sonrisa? ¿Y si hubiese en mí una voz sabia que siempre guía mis pasos? ¿Y si los sueños fuesen maestros que me enseñan a escondidas por las noches?

¿Y si mi cuerpo fuese más sabio que mi mente? ¿Y si la Tierra fuese parte de mi cuerpo? ¿Y si lo único que la Tierra esperase de mí es amor y agradecimiento?

¿Y si en el mundo hubiese amor, esperanza y alegría de sobra? ¿Y si la abundancia fuese una actitud? ¿Y si la paz se consiguiese sin luchar contra la guerra? ¿Y si las personas fuesen espejos en los que se reflejan distintas partes de mi ser? ¿Y si pudiese ver infinito potencial en todas las personas? ¿Y si hubiese motivos de sobra para apreciar a cada una de las personas en este mundo?

¿Y si mis palabras fuesen hechizos que pueden cambiar la realidad? ¿Y si la realidad ya ha cambiado?

Yo elijo el barco pirata.

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Huellas

Es una mañana fría. Ha empezado a clarear, aunque el sol aún no se muestra sobre el horizonte. Aún pueden verse algunas estrellas en el cielo sin nubes.

Mis pies descalzos sienten el frío y la humedad de la arena. A mi alrededor todo son dunas de arena, que con suaves curvas crean un paisaje amable y sereno. En unos pocos lugares dispersos, se ven pequeñas islas verdes con arbustos y pequeños árboles. A lo lejos, casi en el horizonte, el Océano Pacífico.

Corro a un ritmo cómodo. Estoy siguiendo el rastro de un zorro gris. El patrón repetitivo de las huellas frescas en la arena me indica que no hace mucho el zorro ha atravesado las dunas trotando entre distintas islas de vegetación en busca de comida. Sin ralentizar el paso, mis ojos analizan las huellas de manera automática. En mi imaginación puedo ver al zorro dejando ese rastro: sé dónde ha parado a orinar, cuándo ha acelerado el paso o cuándo se ha detenido a olfatear algo.

Al otro lado de las huellas, un amigo mío corre paralelo a mí. Absorbe el paisaje con la misma concentración que yo. Nuestros ojos están atentos a cualquier movimiento y registran información de otros rastros que se cruzan con el de nuestro zorro. Nuestros oídos escuchan el lenguaje de los pájaros para determinar si hay alguna actividad animal en las pequeñas islas de vegetación. Olfateamos el aire. Somos conscientes de la dirección en la que el viento transporta nuestro olor. No necesitamos hablar: los dos sabemos lo que el otro está pensando. Hay una confianza plena. Somos un solo ser.

Mi cuerpo sabe que mis antepasados vivieron así. Podría correr durante horas. Estoy relajado y alerta. Mi mente está vacía de palabras. Mis sentidos me funden con el paisaje. Estoy vivo. Aquí. Ahora.

Cada vez me diferencio menos del zorro…

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La última pieza del puzzle

Me imagino resolviendo un puzzle…

Empiezo por las cuatro esquinas. Después hago los bordes. A continuación busco piezas con suficiente información en su dibujo para saber dónde van o con quién se emparejan. Después clasifico el resto de las piezas según su color dominante e intento resolver los distintos bloques de color.

La construcción del borde al principio lleva poco tiempo. Las partes más fáciles del puzzle también se pueden hacer rápido. Después el proceso se ralentiza, mientras me peleo contra el “azul del cielo”. Cuando van quedando menos piezas, la resolución de nuevo se acelera. Cada vez tardo menos en colocar cada pieza. Empiezo a sentirme excitado y triunfante, con la anticipación. Y esos sentimientos van creciendo hasta el momento final.

Tengo en mi mano la última pieza del puzzle. Pero me detengo antes de colocarla. Saboreo el momento. Aunque esta última pieza no añade información relevante al puzzle, la imagen está incompleta. En lugar de una imagen, veo sólo piezas de puzzle.

Coloco la última pieza. Puedo ver como las piezas se funden unas con otras. Los colores se vuelven más vivos, como si tuviesen más luz. Ya no hay piezas. Hay una imagen que poco a poco va convirtiéndose en realidad. Me inunda una sensación de plenitud.

Hoy soy esa última pieza y acabo de ser colocado en el puzzle de la vida.

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Regreso al futuro

Cierro los ojos. Imagino una habitación blanca, vacía. Solo una puerta y un par de sillas. Me imagino a mí mismo sentado en una de esas sillas. Imagino que otra persona entra en la habitación y se sienta frente a mí. Esa otra persona es mi yo futuro; yo, cinco años más tarde. No le veo físicamente, sólo siento su energía: me parece una persona sabia, con respuestas. Intento obtener algunas de esas respuestas:

PRESENTE: ¿Has llegado ya a eso que tanto ansío?
FUTURO: Estoy en el camino. Nunca se llega.
PRESENTE: ¿Qué consejos puedes darme para los próximos cinco años?
FUTURO: Tú eres yo. Y también estás en el camino. No necesitas ningún consejo.

La sencillez de las respuestas me sorprende. Descubro que hay una voz sabia en mí. Algo cambia para siempre. Confío.

Este ejercicio mental sucedió hace casi cinco años. Ahora soy mi yo futuro. Aún tengo preguntas sin respuesta, pero me resulta sencillo responder a las preguntas que tenía entonces.

¿Quién seré dentro de cinco años? ¿Qué respuestas tendré entonces para mis preguntas de ahora? Lo cierto es que no quiero hacer ese ejercicio ahora porque ya no necesito respuestas. Simplemente confío.

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En busca de sentido

Una letra carecería de sentido sin las demás letras. También cada palabra cobra sentido alrededor de otras palabras. Lo que escribo tiene sentido gracias a la combinación de esas pequeñas partes sin sentido. El propósito de la letra es la palabra. El significado de la palabra está en la frase.

Pienso en una célula cualquiera de mi cuerpo. Yo estoy vivo gracias a la sucesión de varias generaciones de esta célula. ¿Cuál sería el propósito de esta célula sin el resto de mi cuerpo? ¿Cuál sería el propósito de esta célula sin las células que han vivido antes y que vivirán después de su limitada vida? El que mi cuerpo esté vivo a lo largo del tiempo es lo que da un propósito a cada célula.

No puedo entender qué significa ser humano sin considerar al resto de seres en este planeta. No puedo entender qué significa ser humano sin considerar a los que han vivido antes y a los que vivirán después. Yo soy la esperanza y la generación futura de mis antepasados. Yo soy el ejemplo y el antepasado de los que vendrán después. El significado de mi existencia reside en pertenecer a algo más grande.

El momento presente es instantáneo, fugaz, inexistente. El poder del tiempo reside en la sucesión de esos instantes adimensionales. Mi vida se compone de días; los días, de momentos. Honrando cada momento, cobra sentido mi vida.

Por eso vivo buscando el contexto de las cosas, ampliando siempre mi perspectiva. La conexión con mi entorno me ayuda a comprender mi propósito. El contexto trae significado. Al aceptar mi pequeñez alcanzo mi grandeza.

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